Crónica de inicio de año

Todos los días a las 7:25 AM, me despierta la voz ronca del vendedor del gas. No me queda más remedio que quedarme contemplando el techo durante los 15 minutos que faltan para que suene mi alarma y un poco molesta, me pregunto: ¿por qué tiene que vender gas diario en la misma calle? La gente no necesita cargar su tanque de gas todos los días.

Después de eso, un calor se expande pesado en mi cabeza; sin darle importancia me siento orgullosa de que al menos logré conciliar el sueño por 6 horas. Me arrastro al borde de mi cama y me ataca la angustia habitual: recuerdo que tengo que ir a trabajar, que no es el trabajo ‘‘ideal’’, pero para mí, es mejor que regresar al “ninismo”.

Pienso mientras me visto: “no compré nada para el desayuno, seguramente no estoy ahorrando todo el dinero que me propuse, muchos de mis amigos están en las mismas circunstancias que yo, ¿qué va a pasar ahora que Trump es presidente?, el gasolinazo, el aumento de todo, ninguno de mis compañeros de la universidad ha encontrado un trabajo justo, a nadie le interesa la cultura, hace calor afuera pero si me pongo falda seguro que puedo contar 4 imbéciles de aquí al metro que me lanzarán un piropo no deseado, todo está mal, ¿por quién voy a votar las próximas elecciones?, ¿podré hacer alguna diferencia?”.

Recuerdo la plática de ayer donde se hablaba de personas desaparecidas, amigos de mi amiga; ¿en qué momento dejé de leer eso en las noticias y comencé a escucharlo en conversaciones con gente cercana? ¿Qué esta pasando? Los crímenes se cometen a diario como si fuera lo mas normal del mundo.

“Normal”: palabra peligrosa que nos ha homogeneizado como individuos y como sociedad. Ser corrupto es más “normal” que ser homosexual.

Me pongo los zapatos, a lo mejor ni debería estarme quejando, hay gente en este país que la pasa peor que yo, ¿pero eso es justo? A veces quisiera hablar por toda esa gente que se encuentra en terribles condiciones, víctimas de la desigualdad social y de los abusos del gobierno. Pero no puedo. No me alcanza el cuerpo y la mente para entender tantas historias, para tener tanta empatía. A lo mejor puedo susurrar un ‘‘chale que mal pedo’’ cuando leo en las noticias sobre pobreza, abusos, matanzas y desaparecidos; pero ¿qué puedo hacer?

Tengo una conversación acalorada con mis amigos mientras nos tomamos unas chelas hablando de lo mierda que está el país, de lo mierda que es la gente, contemplando el horrible paisaje que tenemos por delante, y ahí queda la cosa.

Al día siguiente vuelvo a mi rutina diaria y si tengo suerte, no me enredo en esta maraña de pensamientos catastróficos en todo el día; pero si no, a lo mejor mientras camino me topo con un encabezado en algún puesto de periódico donde se lee: ‘‘Gobierno de Duarte aplica quimioterapias falsas’’. Y otra vez a lo mismo pero ahora con más rabia. El sentimiento de impotencia me revuelve el estómago.

¿Qué voy a hacer? ¿Qué vamos a hacer?

Los primeros días del año, regocijándome en la culpa que me dejó diciembre, navegaba en las redes sociales con mayor frecuencia, leía las noticias catastróficas que asaltaban a México, entre ellas, el gasolinazo y como respuesta en algunos estados: los famosos saqueos. Entre opiniones y comentarios algunos especulaban que esos saqueos eran planeados por el gobierno al mando; otros decían que era obvio que AMLO estaba de alguna manera involucrado, y no faltaban los que se autocomplacían con su propia ignorancia articulando el típico: “son una bola de pinches indios nacos”.

Dentro de tanto ir y venir de opiniones y teorías, al fin un sentimiento de incomodidad (pero ciertamente revelador) apareció en mi. Ya había pasado horas pensando lo peor, pasando lista en mi cabeza de todos los problemas que se venían este nuevo año y algo explotó. Tuve el deseo de ir corriendo al baño y gritarme en el espejo: ¡YA ME TIENES HASTA LA MADRE!

¿Cuál era el punto de sentarme cómodamente y martirizarme por las cosas ‘‘malas’’ que suceden en el mundo?, ¿con qué propósito me siento a leer esas horribles noticias de medios que yo consideraba ‘‘confiables’’ pero que por alguna extraña razón últimamente me dejaban una incómoda sospecha de amarillismo? Sé que ahora los likes están de moda y eso, además de la chuleta, es lo que hoy en día se persigue.

Hasta los comentarios de descontento que se compartían en redes sociales me aturdían. Comencé a cansarme de escuchar y leer quejas y un montón de suposiciones con respecto a lo que va a pasar con nosotros como mundo, como país. Me preguntaba por qué como sociedad estamos gastando tanta energía en señalar a un culpable. Lo más terrible que leía entre líneas de queja es que no entendemos que no se trata de buscar un culpable que nos absuelva de hacernos responsables de lo que nos sucede, sino que no comprendemos que cada problemática es sumamente compleja y por tanto difícil de resolver. Los políticos no sólo son los que están podridos; la sociedad se pudre a distintos niveles e incluso es imposible encontrar el nudo donde todo empezó a salir mal. Y sí, voy a eso: si Peña Nieto renuncia, no va a cambiar en nada la situación.

No estoy negada aceptar que nuestros gobiernos están conformados por una serie de perversos bandidos o simplemente huevones que nunca dirigirán sus acciones por el bien de las masas, de la sociedad; pero ¿cuándo lo han hecho? Como consecuencia de esto, la población se ha contagiado de indiferencia y resignación.

He de aceptar que para mi es muy difícil involucrarme en decisiones o causas que me superan, como el movimiento bursátil global, la ‘‘lucha’’ contra el narcotráfico, la situación actual de los grupos indígenas en el país; son problemáticas que están ahí pero sólo puedo hablar de ellas en la medida en que son parte de mi experiencia.

Entonces comprendo que mis problemáticas inmediatas son parte de la misma red de conflictos y de laberintos sin salida que atañen a la sociedad entera; pero entonces esa comprensión es la misma salida. Puedo entender, hacerme consciente de mi rol e ir abriendo mis propias puertas con las oportunidades de mis circunstancias mas inmediatas. Estando en el lugar que a cada uno nos corresponde propongo ser críticos, libres de pensamiento, no caer en lo que la podredumbre social nos ha hecho creer, que estamos hechos para tener un trabajo desalmado de 10 horas diarias para luego pagar deudas y morir frustrados. Hay que escuchar las historias de la gente cercana. Se habla de “crisis” por todos lados, dándole a la palabra un significado catastrófico. Pero “crisis” en realidad sólo es cambio y tal vez la oportunidad para empezar a dictar nuevas formas de organización, nuevas formas de pensar, nuevas formas de obtener beneficios.

La lucha contra el sistema parece reiterativa, porque al final, sólo se trata de convertirse en eso mismo por lo que antes se luchaba. Ese es el triste final de muchas revoluciones.

Yo más bien apuesto por tratar de buscar nuevas formas de orden, de organización, de toma de decisiones que no solamente se enfoquen en lo global sino que apelen a algo mucho más inmediato y local.

Sí, a todos nos duele en el alma ver a nuestro país hacerse trisas frente a la corrupción y el mal manejo de nuestros gobernantes y las pocas vías de solución que tenemos para hacer un cambio; sin embargo, estancarse en una posición pesimista y de dolor e incluso de victimización, es como una flagelación constante: dolorosa e inservible.

No se puede hablar desde el punto de vista de todos los mexicanos, pero sí es necesario hablar de nuestros particulares puntos de vista y considero que es necesario visibilizar las problemáticas que nos atañen y que se encuentran cerca de nosotros. Dejar a un lado los sentimientos de lástima, dolor y desesperación, para pensar con la cabeza y buscar soluciones.

A estas alturas podrá parecer que este texto apunta al famoso: ‘‘el cambio esta en uno mismo’’, que sé que muchos dirán que esa afirmación es de lo mas autocomplaciente y que es la manera mas fácil de lavarse las manos y de no reclamarle a los gobiernos lo que les corresponde hacer.

Sin embargo, el cambio SÍ esta en uno mismo. Pero eso no es todo: el cambio está en nosotros; no en mí, en NOSOTROS. Una manera de ser nosotros es juntarse y manifestarse por una causa, lo cual es muy válido; pero creo que hay que superar la historia. Las huelgas han funcionado a lo largo de muchos años pero, ¿qué mas? ¿Eso es todo? ¿Oponerse y gritar? Pienso que la oposición no es el único camino. ¿Por qué no usar la colaboración como protesta? La cooperación, la contribución, el poder de la comunidad, empezar a hablar de nosotros.

Estamos en crisis y por eso es necesario usar la creatividad para solucionar nuestras problemáticas. Estar atentos de lo que sucede a nuestro alrededor en nuestra realidad más inmediata. Quizá no podemos hacernos todos responsables de los males que atacan al mundo, ni vamos a poder cambiar a una masa de millones; pero tal vez podemos escuchar las historias de nuestros amigos, de nuestra familia, de cómo a cada uno le afecta lo que pasa (porque a todos nos afecta). Unirse a asociaciones que trabajen por las causas que nos interesan, involucrarnos más en las causas y menos con los políticos o los partidos de mierda, cambiar nuestras estructuras mentales de lo que es normal y no, leer las noticias locales de nuestra colonia e involucrarnos en la toma de decisiones, llevar a cabo acciones civiles, tomar un bando y defender nuestra posición; pero antes que nada, dejar ya de ser mártires.

 

 

@marthadecolores

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