Dueños de la calle

Hace un par de semanas, tuve un desencuentro con un tipo que trabaja como valet parking en la colonia Condesa. Estuve dando vueltas –junto con mi novia- entre las calles de Jojutla y Amatlán en búsqueda de un lugar para estacionarnos (en pleno sábado, ¿por qué no?). Desde luego que era una misión semi imposible, hasta que encontramos un par de lugares “apartados” con cajas y huacales.

Cuando intenté estacionarme en el primer lugar, salió disparado un hombre que trabajaba en OTRO valet para decirme que no me “recomendaba” estacionarme ahí porque el huacal lo puso una señora que vivía ahí y que la señora era “medio especial”; a mí desde luego que me causó indiferencia lo que me dijo. Momentos después, la señora salió de su casa pero ni siquiera nos dijo nada, hasta que mi novia le preguntó que si había problema en que nos estacionáramos ahí; la mujer contestó que estaba esperando una visita, pero que si no nos tardábamos no había problema. Finalmente decidí moverme y dejarle ese lugar porque entendí la situación (aun así, no justifica que se aparte el lugar en la calle).

Nos movimos a otro lugar más adelante que igual tenía un huacal; en cuanto mi novia lo movió, salió de las sombras el personaje principal de esta historia. El tipo le preguntó a mi novia que si nos quedaríamos allí, a lo que ella contestó que sí. Sin más qué decir, él medio se alejó y yo me bajé del auto sin decirle absolutamente nada. De pronto, el hombre dijo: “ella tiene más educación que tú”; ante este prejuicio que no tenía idea de dónde venía, le pregunté que por qué, a lo que me contestó que era porque ella sí le dio las gracias. Sumamente extrañado le cuestioné que por qué razón tenía que agradecerle si estábamos en la calle. El tipo me argumentó que él estaba ahí porque él cuidaba; entonces le contesté que si era dueño de la calle o qué, porque hasta ese momento, seguía sin entender el porqué tenía que agradecer al haber ocupado un lugar en la calle que estaba apartado por él (acción que por cierto, es ilegal).

Cabe destacar que en la calle de Jojutla hay un letrero que pide a la gente que no permita el abuso de los franeleros.

Situaciones como esta, me he encontrado infinidad ya sea por testimoniales o en videos que circulan en todas las redes. Es aquí que me surge la pregunta, ¿por qué todo el mundo se siente dueño de las calles?

Los franeleros son un verdadero problema porque si no les das dinero, no te puedes estacionar, y en caso de que lo hagas, vivirás con el nervio de que algo le suceda a tu automóvil.

Hay gente que argumenta que es “una fuente de trabajo” e incluso el gobierno de la ciudad les ha dado chalecos y gafetes para justificar ese “trabajo”.

Yo no estoy de acuerdo con que el uso del espacio público se regule bajo condiciones y tarifas impuestas por terceros; con los parquímetros es lo mismo, sin embargo con los parquímetros te evitas discusiones, corajes o desencuentros con otros personajes –que quede claro que no lo justifico.

El otro lado de la moneda es que estos mismos franeleros son una “ayuda” para que tu auto esté seguro en la calle, pero esa condición no debe depender de que la persona esté ahí o no.

Otro problema que no es exclusivo de los franeleros es la apartadera de lugares en las calles con “cachivaches” o “bienes mostrencos” como menciona Arne aus den Ruthen. Este tipo nos ha enseñado la prepotencia que domina a la sociedad capitalina, desde guaruras, empresas y corporativos, hasta ciudadanos comunes y corrientes, se aferran con las garras a su postura de que la calle les pertenece.

Vuelvo a lo mismo: la calle es de todos, pero si te bajas a quitar un elemento que estorba en la calle y te estacionas, te espera una discusión sin fin con el vecino.

Educación y cultura cívica es de lo que carecemos en esta ciudad (y desde luego en otros lados, pero hablo exclusivamente del lugar en donde vivo).

Es irritante vivir bajo la Ley de Herodes en donde todos (según ellos mismos) tienen la razón, pero nadie argumenta el porqué.

Aunado a esto, nos quejamos infinitas veces sobre el pobre trabajo que realizan los elementos de la policía capitalina, pero cuando lo intentan hacer, viene el contraataque argumentando que son prepotentes, abusan de su autoridad y “que chinguen a su madre pinches cerdos”.

“Respeto” es una palabra inexistente en la mente de los chilangos, y desde luego que generalizo, porque difícilmente me he encontrado con un caso en el que alguien acepte su error y trate de remediarlo.

La solución está en reducir el uso del verbo “chingar” para todo. Dejar de querer “chingarse” al otro; dejar de “chingar” las calles apartando (repito, ilegalmente) y sobretodo, dejar de mandar a “chingar” a su madre a las autoridades, ayudando y exigiendo que cumplan con su trabajo.

Por cierto, hace algunos años la tarifa para estacionarse en las calles de la Condesa (antes de los parquímetros) era de $50 pesos “tiempo libre”; esas, sí eran chingaderas…

 

@DJacobo92

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