El Alba

Efraín subía peldaño a peldaño el camino que lo dirigía a la iglesia que se encontraba en la punta del Sacromonte, mientras los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl abrazaban el poblado de Amecameca, acompañados de un cielo con tintes amarillos y anaranjados que anunciaban así el pronto ocaso.

En la iglesia del Sacromonte estaba por llevarse a cabo la misa en honor a los fieles difuntos, y como era costumbre desde hace 10 años, Efraín asistía para recordar a aquellos que lo fueron dejando en el camino iluminado de la vida.

Aquella noche del dos de noviembre, Efraín debía volver pronto a casa una vez terminada la ceremonia religiosa, pues debía encontrarse con su esposa para cenar; a diferencia de la mayoría de los pobladores en México, a él no le gustaba pasar el Día de Muertos en algún cementerio conviviendo con sus difuntos.

Cuando Efraín llegó a su pequeña morada, Mercedes ya lo esperaba en la cocina afinando los últimos detalles para una memorable noche de aquél matrimonio que llevaba junto 40 años ya.

Tres velas colocadas al centro de una pequeña mesa cuadrada iluminaban los rostros de Efraín y Mercedes, quienes estaban colocados frente a frente para comenzar a ingerir sus alimentos.

Cuando el reloj que colgaba de la pared comenzó a indicar a base de campanazos que eran las nueve de la noche, Efraín estiró su brazo sobre la mesa para tomar la mano de Mercedes.

–Te he extrañado tanto.

Mercedes con una lágrima en los ojos apretó suavemente la mano de Efraín y esbozó una sonrisa en su rostro, el cual se había mantenido intacto por esos largos diez años.

Después de alimentarse de un pequeño plato de frijoles negros, un pedazo de pan y un café de olla servido en pequeñas tazas de barro, los dos pasaron a la habitación que era tan estrecha e íntima en la que ambos dormían.

Se recostaron en la cama, abrazados, mientras Efraín volvía a pasar sus dedos delicadamente por el cabello lacio y oscuro de Mercedes.

La noche se hacía cada vez más fría, pero eso no importaba para ellos pues dormían entre los brazos del otro conforme la noche avanzaba. Las horas pasaron hasta que el alba comenzaba a hacerse presente, lo cual despertó a Efraín y le indicó que era momento de salir al campo.

Entonces, Efraín se levantó y permaneció sentado un instante en la cama, solo, extrañando la figura de su amada Mercedes.

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