Tres décadas en relatos. México 1985.

19 de septiembre, 1985. Ciudad de México.

Yo me preparaba para ir a la clase de inglés que tomaba en otra escuela. Mi mamá estaba calentando su camioneta guayín (era costumbre entonces calentar los coches antes de circular, para que llegaran a su temperatura óptima de manejo y no renegaran) cuando empezó…

– Roberto

En un día muy común, temprano, corriendo como todas las mañanas, terminé de desayunar y me lavé los dientes. Mi mamá y mi hermano ya estaban prácticamente listos para salir e iniciar el tour matutino hacia las escuelas y el trabajo. Yo tenía todavía diez años de edad.

Ese día, todo inició muy normal; mi mamá estaba en su cuarto, terminando de revisar los últimos detalles: su bolsa, una mirada al espejo, su maquillaje. Mi hermano estaba en su cuarto, no recuerdo qué hacía, pero ya también estaba listo para salir. La televisión estaba prendida en “Hoy Mismo”, el programa con el que hacíamos nuestra rutina mañanera.

– Javier

07:19 am

Lo siguiente fue sentir un mareo, una especie de desorientación; después el grito de mamá diciendo “¡está temblando! –grito de guerra que, a la fecha, me pone los nervios de punta y activa mi adrenalina como si fuera a morir.  

Salgo del baño y corro hacia ella y mi hermano. La tele sigue prendida y se oye mucho alboroto en la transmisión, –una parte de mí aún tiene las imágenes de Lourdes Guerrero hablándole al público– la sensación de mareo se vuelve sacudida y nos cuesta mucho trabajo llegar a la puerta de salida.  

Mi mamá nos abraza con un brazo y con el otro se aferra del marco de la puerta. Mi vista queda hacia la ventana del departamento –vivíamos en una unidad habitacional, en el segundo piso– y me impacta cómo los edificios de enfrente se hacen como de goma, la parte de arriba se vuelve elástica y va de un lado a otro mientras la base permanece en su lugar.  

Mi mamá ve esto mismo y empezamos a rezar el padre nuestro, nos dice: “hijos, vamos a rezar, todo está bien”; me aferro de ella y abrazo a mi hermano –de 8 años de edad– y dentro de mí algo se mueve también. Siento un miedo diferente al de los otros temblores, parece que esta vez algo no está bien y así, con la oración más fuerte que conocemos los tres, pasamos el temblor hasta su término. 

– J

Me estaba preparando para ir a trabajar cuando escuché junto con mis hermanas Elizabeth y Lilia unos ruidos muy fuertes; los espejos de la casa tronaron. Los carros dentro del garaje chocaban los unos con los otros.

– Angélica

Estaba acostado cuando fui despertado por los movimientos del temblor; el movimiento era tan fuerte, que me botaba para un lado y para otro. Aún cuando terminó, todo continuó moviéndose.  

-Isaías

Durante 5 horas, estuvieron fuera del aire las estaciones de televisión; sin embargo, el radio funcionaba a la perfección.

Los testigos que nos relatan sus historias, no se habían percatado de la magnitud del sismo de aquél año, puesto que en las colonias en donde vivían, no se percibió afectación alguna de la magnitud real del sismo.

Nos pusimos debajo de los marcos de otras puertas y esperamos a que pasará el temblor. Nos asustamos pero no mucho, de momento.

Cuando empezó el susto fue cuando vimos que la camioneta, aunque estaba frenada, había desplazado a la reja del riel que la contenía. Como la zona donde vivía no resultó muy afectada, tardamos en darnos cuenta de lo grave de los daños.

Sólo cuando nos enteramos de que no había ni luz ni teléfono y después ni televisión, y cuando el camión para ir a mí escuela no estaba cobrando el pasaje fue que comenzamos a sospechar que la cosa era sería, muy seria. 

– R

 

Al finalizar los movimientos, sin embargo, regresamos a la normalidad. Mamá recordó que ya íbamos tarde a la escuela y que seguramente no llegaría al trabajo. Así que tomamos las mochilas, cerramos el departamento y nos subimos al coche.  

Primero tocó dejarme a mi en la escuela, el camino fue normal, no había tráfico y llegamos bien. Según cuenta mi mamá, lo mismo pasó de camino con mi hermano y también a su trabajo: sin tráfico, sin problemas inusuales y, extrañamente, sin ningún indicio de que el temblor tuviese consecuencias.

– J

Cuando terminó el movimiento, me metí a bañar y salí a trabajar, tomando el camino cotidiano hacia mi zona de labor; venía escuchando las noticias, donde decían que en distintas partes de la ciudad se habían caído edificios: en Tlalpan y sobre todo en la zona del Centro. 

– I

Me arreglé y salí para el trabajo. En el carro venía escuchando que el sismo había estado muy fuerte. Acercándome a la zona en donde trabajaba, en Lorenzo Boturini, comencé a ver edificios caídos; de hecho, no me dejaron entrar a la calle que usualmente tomaba para entrar a mi trabajo. 

– Lilia

Cuando llegamos a Avenida Cuauhtémoc, vimos lo terrible que había sido el temblor. Yo ya no pude entrar a mi oficina a trabajar. Toda la gente estaba en las calles; no había teléfono, no había luz, ni televisión, tampoco servicios ni el metro funcionaba. Toda la gente estaba muy desesperada.

– A

Yo iba en quinto de primaria y me sorprendió que la clase estuviera tan vacía. Pasaron varios minutos, luego media hora y muy pocos de mis compañeros llegaron al salón. De pronto entró una maestra para avisarnos que nuestros papás llegarían por nosotros, que habían pasado cosas muy serias y que aguardáramos en el salón hasta que esto sucediera.  

Hubo mucho silencio, luego –como pasa con los niños de quinto de primaria– inició el relajo y esperamos a nuestros padres.

Mi mamá llegó por mi con mi hermano en mano. Su cara muy diferente de la que recordaba hora y media atrás. Subimos al choche y nos dirigimos a casa.  

No recuerdo mucho del camino, el día se estaba transformando en algo muy particular y me costó trabajo asimilar este inicio de tantos cambios.  

Ya en el camino a casa escuché el radio que mamá había sintonizado anteriormente, y ahí estaba Jacobo Zabludovsky, narrando lo que veía de las ruinas de la ciudad, de Chapultepec y llorando; Jacobo era en nuestra casa una figura importante, 24 horas fue muchos años el programa “de adultos” de la casa y las noticias, dichas por él, eran ley. 

– J

En Doctor Velasco, que es delante de Boturini, donde estaba el banco en el que yo trabajaba, había un edificio de 7 pisos. El edificio se vino abajo y ahí fallecieron 7 personas del banco a quienes conocíamos. 

En la calle de Xocongo había unos condominios en donde murieron familiares de gente que trabajaba en el mismo banco que nosotros.

– I

Mi mamá era cajera en Banobras, en la torre triangular que está en Tlatelolco. Ese día, ella llegó a laborar, más apurada por el retraso que preocupada, y se encontró con que todos sus compañeros estaban en la planta baja. 

Resulta que con el temblor se venció el sistema de elevadores y dos de ellos cayeron desde lo alto. Había vidrios rotos por todos lados y se dio la orden de que los colaboradores regresaran a sus casas hasta nuevo aviso.

– J

Ante la tragedia y el pánico, hubo sectores de la población que tomaron la iniciativa de comenzar a moverse y ayudar con sus propios medios, debido a la tardía reacción por parte del gobierno que encabezaba el entonces presidente de México, Miguel de la Madrid.

Miguel de la Madrid.

Miguel de la Madrid.

 

Cuando llegué a la oficina, empecé a organizar llamadas por teléfono. No dejamos que la gente obedeciera al pánico; entre 3 o 4 personas, realizamos llamadas para avisar que los trabajadores estaban bien, comprobar que sus familiares se encontraban a salvo también. 

– A

Dentro de lo mejor de lo peor que pasó en el ’85 fue la solidaridad de la gente. Ahí el gobierno se vio rebasado porque la sociedad se organizó mucho más rápido que ellos. 

– I

El sismo de 1985 en la Ciudad de México fue sin duda una de las peores catástrofes naturales que han afectado al país. De acuerdo con el Registro Civil de la Ciudad de México, la cantidad de personas que murieron por politraumatismo, aplastamiento, asfixia, y todas las causas asociadas con los terremotos suma 12 mil 843. (Excelsior, 17/09/15)

No es para menos que las personas que vivieron aquél temblor vivan con un nerviosismo constante cada vez que vuelve a temblar y además que nos insistan tanto en poner atención a las medidas de seguridad y comportarnos en los simulacros, pues lo que ese sismo de 8.1 en escala de Richter le enseñó a la población, fue que en cualquier día y a cualquier hora, la historia se puede repetir.

 

Desde entonces, nos abrazamos al despedirnos. Ese día quedó claro que podemos no volvernos a ver.

– Javier

*Los relatos aquí escritos son completamente verídicos; personas que vivieron el sismo de aquél año, accedieron a relatarnos y compartir su historia. Los textos y grabaciones originales fueron modificados por cuestiones de editorial. Agradezco el apoyo de Javier Pons, Roberto Soto, Lilia Ortega, Isaías Galicia y Angélica Ortega.

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